Luis Restrepo – Testigo Directo HD

Luis Restrepo – Testigo Directo HD

Entró sin pedir permiso una madrugada del 8 de abril de 2003. Quizá fue Picasso, quizá un espíritu burlón o un delirio que permanece después de ocho años. Desde esa madrugada, Luis Restrepo abandonó su trabajo y se dedicó a pintar y esculpir más de 300.000 obras, según él, guiado por el espíritu del maestro español Pablo Picasso.

Luis Restrepo recuerda que estaba sentado en la mesa del comedor iluminado por una lámpara de techo mientras diseñaba unos muebles para su empresa. En la mesa reposaban lápices, pocillos de tinto vacío y semivacíos y montones de hojas blancas. Ya había pasado la media noche y él sabía que el trabajo podía extenderse hasta el amanecer. Espantaba el sueño tomando los resquicios de tinto y continuaba pintando sillas, mesas y escritorios de oficina.

A la una de la mañana empezó a sentir que la mano derecha se movía sola. Comenzó a rayar las hojas, a rayar la mesa, a romper minas de lápices. Sentía la mano helada. No podía controlarla. Comenzó a gritar.

Jazmín, su esposa, despertó sobresaltada y corrió descalza al comedor. Pensó que le había dado un paro cardiaco. Que se estaba ahogando. Al llegar, lo vio con los ojos aterrados, gritando como un loco y llorando de miedo.

–Ayúdeme mija -–decía Luis– No sé qué me pasa.

Jazmin veía cómo la mano de su marido se movía a gran velocidad sobre la mesa dibujando rayas, bolas, más rayas, y más bolas. Ella pensó que se había enloquecido o que estaba poseído.

–Me eché la bendición –recuerda Jazmín– Yo no creo en el diablo, pero ese día pensaba cualquier cosa.

Luis empezó a gritar: “¡Quién está ahí, Virgen Santísima, quién está ahí!”. Los trazos tomaron forma. La mano escribió “Picasso, Picasso, Picasso…”. Sintió un frió que provenía de sus entrañas. Tenía miedo de perder la cordura. Escuchó una voz en el interior de su cabeza que nombraba a Picasso repetidas veces. Durante cuatro horas gastó quince lápices, centenares de hojas y dañó la mesa del comedor.

Hasta hace ocho años Restrepo no había pintado nunca. Desconocía la diferencia entre un óleo y una acuarela.

La esposa marcó el número de Pedro Restrepo, el hermano del poseso.

–Pedrito, ayúdeme, es Lucho, mi marido…. No sé… está… está como loco…grita Picasso, llora y me pide hojas…

Al otro lado del auricular, Pedro le dijo que podía tratarse de un espíritu chocarrero. Jazmín no sabía si era mejor tener un espíritu en la casa o un marido demente.

A las cuatro de la mañana, Luis pudo soltar el lápiz. Estaba exhausto. Se sentó en la sala y durmió hasta las siete de la mañana. Cuando despertó escuchó una voz interna que le decía que no tuviera miedo, que él era Pablo Picasso y que su misión era enseñar a un hombre en la tierra y que ese hombre era Luis.

El elegido se tomó un baño creyendo que estaba enloqueciendo. Intentó ignorar la voz que se adueñaba de su mente. No podía creer que le estuviera pasando algo sobrenatural. A la 1.30 p.m. tomó un bus hasta la casa de Pedro para que le ayudara.

Los dos hermanos se sentaron con enciclopedia en mano para leer la biografía del maestro español. Nació el 25 de octubre de 1881 en España. Durante su vida pintó, se casó, siguió pintando, se separó, tuvo novias, amantes, su obra pasó por varias etapas como el primitivismo, el protocubismo y el cubismo. Su vida fue una constante entre evolución pictórica y relaciones fallidas. Finalmente murió el ocho de abril de 1973. Pedro se quedó pensativo. Se puso a hacer cuentas mentales y luego, en tono de sorpresa, exclamó: “¡hoy es ocho de abril! Han pasado 30 años de la muerte del maestro”.

Para Luis, antes de ese día, Picasso era un pintor español muy famoso,. Nada más. No le interesaba el arte ni había pintado un cuadro. No sabía la diferencia entre un óleo, una acuarela, un pastel o un carboncillo. No se explicaba por qué llegaba el espíritu de un artista tan importante a un barrio estrato 2 en el occidente de Bogotá, a invadir la mente de un hombre que jamás había pintado, que no tenía nada que ver con España y pensaba que Las señoritas de Avignon eran unas damas distinguidas de Francia o algún otro país europeo.

Físicamente, Picasso y Restrepo son muy distintos.

Cuenta que el maestro le enseñó a pintar como a un niño. Lo reprendía, le cogía la mano con fuerza contagiándolo del frío de la muerte. Le tocó aprender a rayar con arte, identificar técnicas, combinar colores. La voz de Picasso llegaba en cualquier momento; lo despertaba, interfería en las conversaciones con su esposa. Acostumbrarse a convivir con un espíritu en la mente fue lo más difícil del proceso.

–Nunca he soñado con él, el día que suceda sé que me voy a morir.

–¿Por qué?

–Simplemente lo sé. Eso es algo entre él y yo.

–¿Y hasta cuándo va a permanecer el espíritu?

–Hasta que yo me muera.

El discípulo de Picasso es un hombre de 58 años. Al hablar se toca la barbilla y mira por la ventana como buscando una inspiración divina o, en este caso, ‘picassiana’. Él es la antítesis de Picasso. No es bajito, no es calvo, no le gusta la bohemia y tampoco es mujeriego.

Frente a él hay una biblioteca construida con tablones. Hay más de cien revistas Art Review, más de 20 libros de lujo de editorial Taschen avaluados, cada uno, en más de 300.000 pesos. También hay cartillas de espiritismo y de experiencias sobrenaturales. Los libros son regalos de su hermano. Él es quien ha alimentado desde 2003 el arte o la locura de Luis: Paga servicios, hace mercado, compra enciclopedias, óleos, acrílicos, lienzos y pinceles.

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